sábado, 25 de julio de 2009

El arte de la esquina

Boletín Mensual Nº 24 – Año 2

Europa en Mapa renacentista


SUMARIO

Estética del Renacimiento (Décima parte)
Arte contemporáneo, burbuja del mercado
La ventana abierta


Estética del Renacimiento
(Décima Parte)

Lic. Alicia Grela Vázquez


Los artistas renacentistas no se diferencian en principio de otros trabajadores agremiados, ni en su origen, ni en su educación. Reciben su nombre del oficio de su padre, de su lugar de nacimiento y de su maestro. Como a criados se les tutea. El talento no les da derecho al desempeño laboral, sino el cumplimiento a las prescripciones gremiales. Su formación tiene lugar en los tallleres en el modo medieval.


Juan Amós Comenio - Didáctica Magna - El Maestro y el Niño


Comenio - Didáctica Magna - El artesano


Muchos, como Donatello, Verrocchio, Guirlandaio y Boticcelli proceden de la Orfebrería, que por eso es llamada "Escuela de Arte".

Donatello - Judith y Holofernes

Busto de Benvenuto Cellini

Benvenuto Cellini -El salero de Fernando I


Las más importantes botteghe de artistas persiguen métodos educativos individuales. Los talleres son famosos por sus directores, maestros y artistas. Los aprendices eligen a sus empleadores y son colaboradores equiparables a los jefes de los equipos.

El trabajo combinado de artistas, maestros, artesanos, colaboradores y ayudantes hace que la obra confunda los aportes de cada uno o realmente los fusione.

La tradición establece que cuando el alumno supera al maestro, este se retira, como sucede con las duplas: Verrocchio-Leonardo, Francia-Rafael, Cimabue-Giotto.

Cimabue - Madonna, Niño y San Francisco


En los comienzos del Renacimiento el taller artístico sigue aún el espíritu comunal de los antiguos constructores y del gremio. El proceso de creación todavía cumple con las formas colectivas de producción. Continúan los talleres familiares, pero hay también propietarios que son más empresarios que artistas. Toman encargos para darlos a hacer a otros. Como ejemplo Evangelista da Predis, en Milán empleó, entre otros, a Leonardo.


Leonardo - Baco

Los talleres producen obras de arte y artesanías: armas, banderas, tapices, etc. Esto se acepta hasta fines del primer Renacimiento sin denigrar al artista. Con Miguel Ángel se produce un cambio fundamental. La idea que el artista tiene de sí se torna irreconciliable con la aceptación de encargos artesanales.

También esto señala la ruptura con los gremios. Luego del proceso de Poggi, en 1590, con el que se lo quiere prohibir por no haber cumplido con los siete años de aprendizaje, ya no es obligatoria la agremiación.

En la primera etapa del Renacimiento los artistas son también en lo socioeconómico como los artesanos: en general ni muy ricos ni pauperizados. La mejor posición es la de quienes están al servicio de una Corte o de un Protector. Lo producido por un artista de primera línea no tiene gran diferencia de precios con quienes le siguen.

Gentile da Fabriano por la "Adoración de los Reyes Magos" obtiene 150 florines de oro; Lippo Lippi: 40 por una Madonna y Ghiberti por las Puertas del Baptisterio 200 (contra los 600 que cobra un Canciller). Para vivir se requieren 300 florines anuales.

Gentile da Fabriano - Adoración de los Reyes Magos

Lippo Lippi - Madonna


Ghiberti - Puerta del Paraíso


Los artistas piden anticipos a sus clientes,que a menudo sólo pueden pagar los materiales a plazos. Aún a los príncipes puede escasearles el dinero. Leonardo se queja del incumplimiento en el pago de Ludovico "el Moro".

Ludovico Sforza, "el Moro"



El cliente paga el salario y la manutención de ayudantes y aprendices. El maestro recibe honorarios según el tiempo empleado en la obra. Hasta fines del siglo XV el precio sigue determinado por las jornadas de labor. Al separarse el trabajo artístico del artesanal cambian las condiciones contractuales: el monto de los pagos, los colores y materiales usados.

Con Miguel Ángel desaparece incluso la figura del "fiador" que asegure el cumplimiento de lo pactado. Así es que en el siglo XVI las cláusulas se hacen menos precisas. Se solicita una obra no importa cuál (puede ser pintura o escultura); o la temática: la imagen de la Virgen o un Santo (cualquiera). Importa más el ejecutante que la obra.

En Italia los artistas tienen mayor independencia del gremio y por consiguiente una posición de privilegio. Pasan de una ciudad a otra y no pueden ser controlados por instituciones locales. Los artistas toman conciencia de su importancia por su valor de cotización.

El ascenso social se manifiesta en los honorarios. Lippo Lippi cobra 2.000 ducados por los frescos de "Santa María sopra Minerva" y Miguel Ángel 3.000 por las pinturas en la cúpula de la Capìlla Sixtina.

Lippo Lippi - Santa María sopra Minerva


Ghirlandaio - Capilla familiar Torbabuoni


Ghirlandaio -Detalle de Capilla familiar en Santa María Novella


Algunos artistas a fines de siglo se hacen ricos: Perugino, Leonardo, Rafael y Tiziano llevan una vida magnífica.

Miguel Ángel - Frescos de cúpula Capilla Sixtina



Perugino


Perugino -Detalle

Leonardo - San Gerónimo


Leonardo - Detalle de la Anunciación


Rafael - Las Tres Gracias

Tiziano - Venus dormida


Otros, menos afortunados, como Lippi Lippi, Paolo Ucello y Fra Angélico no siempre cubren sus gastos

Lippo Lippi




Lippo Lippi - Madonna



Uccello - Episodio de la vida en la ermita


Fra Angélico - Detalle

El incremento de los precios se debe a la inflación europea y es consecuencia del enriquecimiento de los señores y las ciudades. Pero también es producto de la asociación de los artistas plásticos con los Humanistas como Comenio, Monteigne, Zwinglio, Nebrija, Erasmo,

Éstos refuerzan la posición de aquéllos argumentando sus pretensiones frente a los gremios qu progresivamente pierden poder y ante la aristocracia, que desconfiada contempla su ascenso. Esta tarea de los intelectuales se suma a la de consejeros y asesores de los artistas en cuestiones mitológicase históricas.


Comenio - Didáctica Magna - Estudio


Montaigne


Zwinglio

Nebrija





Erasmo


El equilibrio dinámico de este período se logra por el balance de los platillos cargados con los actores socioeconómicos del Renacimiento: artistas y mercenarios en uno y mercaderes devenidos en banqueros, señores y mecenas en el otro.

El capitalismo se afianza y recrea como nuevo un mercado: el del Arte.

Caballeros mercenarios


Mercenarios renacentistas

Mercenario

Los mercenarios como agentes de cambio no son exclusivos de esta etapa, pero es en ella donde adquieren relevancia.

Papado renacentista - Mecenas


César Borgia, mecenas

Bianca Maria Sforza - mecenas

Lorenzo de Médici - mecenas



Francesco Sforza - mecenas


Aunque la categoría de mecenas toma su nombre de un personaje público de la Antigüedad, es un concepto renacentista por antonomasia.


Arte contemporáneo, burbuja del mercado

Prof. Elsa Sposaro

En ediciones anteriores hemos hecho referencia a las tendencias del llamado “Arte contemporáneo”, y presentamos al grupo Hartista como crítico, fundamentando el sinsentido del rumbo que este “arte” estamba tomando ya hace mucho tiempo.

El artista crea, recrea, y es cierto que para ello en el transcurso del tiempo se ha tomado ciertas libertades en la elección de temas, materiales y técnicas. Esto es una cosa, esto es la búsqueda de elementos que mejor permitan la comunicación con el espectador de la obra.

El mercado y el arte hoy van de la mano, en una fusión que abunda en trivialidad, dirigido sin duda a desprejuiciados “entendedores de arte”, a que promocionen entre snobistas expendedores de cheques en euros, para adornar sus colecciones privadas y adornar sus salas, como símbolo de status y económico y cultural sin notar la sinrazón del arte contemporáneo.

Este tema quizá sea muy controvertido, ya que muchos podrían describir este arte contemporáneo como el tren al que se subieron muchos improvisados vislumbrando “un buen negocio con escasa inversión”.

Muchos artistas hoy parecen ser mejores por doblar alambres y ensuciar bastidores, y lo peor es que tienen seguidores, admiradores y compradores.

Un viaje al extranjero parece ser la segunda condición para aumentar el nivel artístico de este pseudoartista o “artista contemporáneo”. Sin dejar de participar en las Bienales, donde allí se concentra mayormente la estupidez supuestamente “creativa” y la estupidez compradora. De esto sólo podemos afirmar que la estupidez en este aspecto es universal.

Las burbujas tienen poca duración. Esto algún día se ha de terminar. Prefiero pensar que evolucionaremos para mejor, y que este cáncer no seguirá haciendo metástasis.

De todos modos, este tema se pretende muchas veces derivar hacia la experiencia y conocimiento o no de los artistas, lo cual creo desacertado.
Muchos discuten si la Academia sí o si la Academia no...si es importante el dibujo y la perspectiva o no.

Creo que quien quiera acercarse a un hacer cualquiera que este fuera, debe aprender e investigar. El obtener un título académico no implica necesariamente ser artista. Tampoco la frecuencia de las sesiones de pintura en la realización de una obra. Un artista puede, a mi entender, compartir el trabajo que lo sustenta con el trabajo que humanamente lo alimenta, es decir, puede asistir de lunes a viernes a su empleo en un banco o empresa y los fines de semana dedicarlos al Arte. Esto no lo convierte en un artista menor ni a su obra en menos.

Muchos llamados “aficionados” son productores de un Arte con mayúsculas y todos sabemos que actualmente muchos “artistas consagrados” no pasan de ser unos “aplastalatas” o realizadores de conjuntos sin sentido con piezas de ferrocarril. También dentro de esta fauna payasesca están los imitadores de locos, o los provocadores, que dejan su “demencia aparente” y se convierten en hábiles matemáticos a la hora de contar dólares por sus chapas retorcidas y pegadas en un soporte.

Más que mundo loco, diría yo, mundo vacío, frío, calculador, oportunista, pero sin Arte.

Todas las modas pasan, será cuestión de que los verdaderos artistas sigan en la resistencia, creando Arte, aprovechando las ventajas que los materiales artísticos actuales permiten. Pero sobre todo, el aprendizaje, en una institución, en un taller, solos o con guía, pero siempre el acento debe estar en el aprendizaje del oficio. En definitiva el artista, es un obrero de su obra, pero siempre es un aprendiz.

Hacer una huelga de Arte sería un contrasentido. Sería inteligente de parte de los artistas, hacer una huelga a las galerías y Bienales, y a los Concursos en los que el artista deba pagar por participar. Quizá sería esta una forma de sanear el ambiente artístico.

Este es el mundo en el que vivimos, se puede reproducir la palabra de Cervantes o Shakespeare y no la de un escritor o ensayista actual. Se puede reproducir la “La Mona Lisa” de Leonardo pero no “El final del no sé qué” de Juan Equis (nombre figurado de artista contemporáneo).

El Arte sin embargo, sigue viviendo, de la mano de los artistas que sinceramente aman las Artes. Surgirá, emergerá entre esta montaña de latas, inodoros, alambres, tuercas y mingitorios. Esta burbuja se desvanecerá.

Recomendamos:
http://www.hartismo.com/hartistas.htm







La ventana abierta

Saki

-Mi tía bajará enseguida, señor Nuttel -dijo con mucho aplomo una señorita de quince años-; mientras tanto debe hacer lo posible por soportarme.
Framton Nuttel se esforzó por decir algo que halagara debidamente a la sobrina sin dejar de tomar debidamente en cuenta a la tía que estaba por llegar. Dudó más que nunca que esta serie de visitas formales a personas totalmente desconocidas fueran de alguna utilidad para la cura de reposo que se había propuesto.

-Sé lo que ocurrirá -le había dicho su hermana cuando se disponía a emigrar a este retiro rural-: te encerrarás no bien llegues y no hablarás con nadie y tus nervios estarán peor que nunca debido a la depresión. Por eso te daré cartas de presentación para todas las personas que conocí allá. Algunas, por lo que recuerdo, eran bastante simpáticas.
Framton se preguntó si la señora Sappleton, la dama a quien había entregado una de las cartas de presentación, podía ser clasificada entre las simpáticas.

-¿Conoce a muchas personas aquí? -preguntó la sobrina, cuando consideró que ya había habido entre ellos suficiente comunicación silenciosa.
-Casi nadie -dijo Framton-. Mi hermana estuvo aquí, en la rectoría, hace unos cuatro años, y me dio cartas de presentación para algunas personas del lugar.
Hizo esta última declaración en un tono que denotaba claramente un sentimiento de pesar.
-Entonces no sabe prácticamente nada acerca de mi tía -prosiguió la aplomada señorita.
-Sólo su nombre y su dirección -admitió el visitante. Se preguntaba si la señora Sappleton estaría casada o sería viuda. Algo indefinido en el ambiente sugería la presencia masculina.
-Su gran tragedia ocurrió hace tres años -dijo la niña-; es decir, después que se fue su hermana.
-¿Su tragedia? -preguntó Framton; en esta apacible campiña las tragedias parecían algo fuera de lugar.
-Usted se preguntará por qué dejamos esa ventana abierta de par en par en una tarde de octubre -dijo la sobrina señalando una gran ventana que daba al jardín.
-Hace bastante calor para esta época del año -dijo Framton- pero ¿qué relación tiene esa ventana con la tragedia?
-Por esa ventana, hace exactamente tres años, su marido y sus dos hermanos menores salieron a cazar por el día. Nunca regresaron. Al atravesar el páramo para llegar al terreno donde solían cazar quedaron atrapados en una ciénaga traicionera. Ocurrió durante ese verano terriblemente lluvioso, sabe, y los terrenos que antes eran firmes de pronto cedían sin que hubiera manera de preverlo. Nunca encontraron sus cuerpos. Eso fue lo peor de todo.
A esta altura del relato la voz de la niña perdió ese tono seguro y se volvió vacilantemente humana.
-Mi pobre tía sigue creyendo que volverán algún día, ellos y el pequeño spaniel que los acompañaba, y que entrarán por la ventana como solían hacerlo. Por tal razón la ventana queda abierta hasta que ya es de noche. Mi pobre y querida tía, cuántas veces me habrá contado cómo salieron, su marido con el impermeable blanco en el brazo, y Ronnie, su hermano menor, cantando como de costumbre "¿Bertie, por qué saltas?", porque sabía que esa canción la irritaba especialmente. Sabe usted, a veces, en tardes tranquilas como las de hoy, tengo la sensación de que todos ellos volverán a entrar por la ventana...
La niña se estremeció. Fue un alivio para Framton cuando la tía irrumpió en el cuarto pidiendo mil disculpas por haberlo hecho esperar tanto.
-Espero que Vera haya sabido entretenerlo -dijo.
-Me ha contado cosas muy interesantes -respondió Framton.-Espero que no le moleste la ventana abierta -dijo la señora Sappleton con animación-; mi marido y mis hermanos están cazando y volverán aquí directamente, y siempre suelen entrar por la ventana. No quiero pensar en el estado en que dejarán mis pobres alfombras después de haber
andado cazando por la ciénaga. Tan típico de ustedes los hombres ¿no es verdad?
Siguió parloteando alegremente acerca de la caza y de que ya no abundan las aves, y acerca de las perspectivas que había de cazar patos en invierno. Para Framton, todo eso resultaba sencillamente horrible. Hizo un esfuerzo desesperado, pero sólo a medias exitoso, de desviar la conversación a un tema menos repulsivo; se daba cuenta de que su anfitriona no le otorgaba su entera atención, y su mirada se extraviaba constantemente en dirección a la ventana abierta y al jardín. Era por cierto una infortunada coincidencia venir de visita el día del trágico aniversario.
-Los médicos han estado de acuerdo en ordenarme completo reposo. Me han prohibido toda clase de agitación mental y de ejercicios físicos violentos -anunció Framton, que abrigaba la ilusión bastante difundida de suponer que personas totalmente desconocidas y relaciones casuales estaban ávidas de conocer los más íntimos detalles de nuestras dolencias y enfermedades, su causa y su remedio-. Con respecto a la dieta no se ponen de acuerdo.
-¿No? -dijo la señora Sappleton ahogando un bostezo a último momento. Súbitamente su expresión revelaba la atención más viva... pero no estaba dirigida a lo que Framton estaba diciendo.
-¡Por fin llegan! -exclamó-. Justo a tiempo para el té, y parece que se hubieran embarrado hasta los ojos, ¿no es verdad?
Framton se estremeció levemente y se volvió hacia la sobrina con una mirada que intentaba comunicar su compasiva comprensión. La niña tenía puesta la mirada en la ventana abierta y sus ojos brillaban de horror. Presa de un terror desconocido que helaba sus venas, Framton se volvió en su asiento y miró en la misma dirección.
En el oscuro crepúsculo tres figuras atravesaban el jardín y avanzaban hacia la ventana; cada una llevaba bajo el brazo una escopeta y una de ellas soportaba la carga adicional de un abrigo blanco puesto sobre los hombros. Los seguía un fatigado spaniel de color pardo. Silenciosamente se acercaron a la casa, y luego se oyó una voz joven y ronca que cantaba: "¿Dime, Bertie, por qué saltas?" Framton agarró deprisa su bastón y su sombrero; la puerta de entrada, el sendero de grava y el portón, fueron etapas apenas percibidas de su intempestiva retirada. Un ciclista que iba por el camino tuvo que hacerse
a un lado para evitar un choque inminente.
-Aquí estamos, querida -dijo el portador del impermeable blanco entrando por la ventana-: bastante embarrados, pero casi secos. ¿Quién era ese hombre que salió de golpe no bien aparecimos?
-Un hombre rarísimo, un tal señor Nuttel -dijo la señora Sappleton-; no hablaba de otra cosa que de sus enfermedades, y se fue disparado sin despedirse ni pedir disculpas al llegar ustedes. Cualquiera diría que había visto un fantasma.
-Supongo que ha sido a causa del spaniel -dijo tranquilamente la sobrina-; me contó que los perros le producen horror. Una vez lo persiguió una jauría de perros parias hasta un cementerio cerca del Ganges, y tuvo que pasar la noche en una tumba recién cavada, con esas bestias que gruñían y mostraban los colmillos y echaban espuma encima de él. Así cualquiera se vuelve pusilánime.
La fantasía sin previo aviso era su especialidad.

martes, 30 de junio de 2009

El arte de la esquina

El arte de la esquina

Boletín Mensual Nº 23 – Año 2
Junio 2009



Música Renacentista



Sumario


Estética del Renacimiento (Novena Parte)

Imagen y palabra
Esperanza





Estética del Renacimiento

(Novena Parte)


Lic. Alicia Grela Vázquez



Así como la Historia comienza con la escritura, la Modernidad y con ella su primera etapa: el Renacimiento, derivan de la invención de la imprenta de tipos móviles por Juan Gutenberg, en 1440.

Escritura cuneiforme


Imprenta de tipos móviles



Con esto prosperan las transacciones comerciales, porque es posible obtener contratos para todo. Comienza el liberalismo y el auge de la propiedad privada. Pero este invento, con el lucro como motivación, también hace posible la publicación de muchísimos libros, lo cual facilita la adquisición, apropiación y lectura de los mismos. Por ende la Literatura prospera y destaca a escritores que salen del anonimato.

Mantiene viejos géneros, como la Epopeya en "Los Lusíadas" de Camoens donde se canta la gloria por las hazañas de los portugueses en la aventura del descubrimiento de nuevas tierras.


Camoens lee "Los Lusíadas" a Don Sebastián



También crea otros como la Novela. Esta va de la picaresca a las ejemplares, culminando con "El Quijote".
Portada del libro



Escena de Lázaro

Quijote y Sancho

La Poesía se desdobla en la que mantiene lazos con la Edad Media: la Mística (con San Juan de la Cruz) y la Moderna cortesana (con Garcilazo de la Vega)

San Juan de la Cruz


Oratorio de San Juan de la Cruz



Garcilaso de la Vega



Egloga


Las Artes Rítmicas, dependientes del tiempo también muestran cambios en el Renacimiento. La Música no escapa a la generalidad. Se busca hacer más una ciencia que un arte. Se vuelve a los principios pitagóricos con el número como esencial. Las composiciones están dirigidas más al espíritu que a los sentidos.

El Racionalismo que caracteriza al Renacimiento se expresa principalmente en la Música, recuperando la relación, proporción, razón (logos) descubierta por Pitágoras: 1/8 entre una nota y otra, pero no se limita a ella. Enriquece éste y otros conocimientos y los proyecta al futuro.

En los años que van del siglo XIV al XVI las combinaciones musicales varían enormemente. Es el período de la Polifonía Vocal.



Polifonía renacentista


La Polifonía (muchos sonidos) se denomina así por ser una composición para varias voces superpuestas e independientes en ritmo y melodía, según las leyes del contrapunto. Caracteriza la tendencia predominante en el Renacimiento, en obras corales tanto religiosas como profanas. Su origen está en los países flamencos, aunque se difunde exitosamente en Alemania y Francia.

En esta época comienza el Concerto Grosso y progresa la Teoría musical con Victoria, a la cual Lassus aporta dos mil composiciones. Palestrina introduce la Polifonía en Italia con sus Madrigales. Su obra es equiparada con el Canto Gregoriano en las ceremonias de la Iglesia romana.



La Gran Polifonía


El papa Julio II incorpora a Palestrina a la Capilla Pontificia. Conoce el éxito en su tiempo pero sufre el olvido por siglos. A fines del siglo XIX, en el tercer centenario de su muerte, con la edición completa de sus obras se revela su talento. Compuso unas cien Misas. De ellas, la del Papa Marcelo se considera la más perfecta en su género. Por otra parte, su Improperia se conserva como música de ejecución obligada en la celebración de la Semana Santa en el Vaticano.

Finalmente, hacia el siglo XVI se abandona la Polifonía por la Monodia (canto a una sola voz) religiosa o profana y la invención del Recitado. Estos dos elementos aplicados a la escena gana en espacio para el drama musical surgido en Italia en el siglo XV



Monodia

El capitalismo que consagra como forma política el liberalismo logra en el Renacimiento destacar a algunos artistas que se diferencian por sus capacidades y posibilidad de contratación del resto de los trabajadores que continúan en el anonimato.


Imagen y Palabra


Textos: Prof. Elsa Sposaro

El ojo en el agua

Éramos cuatro amigos. Caminábamos juntos por el bosque. Un animal nos miró fijamente. Seguimos caminando y vimos que la cara de Joaquín empezaba a transformarse y su cuerpo a alargarse. Miguel se asustó . No entendía qué pasaba, pero su propia nariz crecía y crecía. En un instante ellos eran un sólo cuerpo con dos caras extrañas. Nosotros los empezamos a llevar cargados. Ellos ya no tenían piernas. Más tarde, nos sucedería lo mismo. ¿Quién nos ayudará a caminar?. Estamos varados en el bosque. El animal sigue mirando nuestra metamorfosis.

La luz y el color



Los miré con detenimiento. No sabía a cuál subir...el celeste me invitó, pero me cansó. Lo veía todos los días. Entonces el rojo me cautivó. Me llevó a brazos desconocidos, a bocas esperanzadoras. Me tiró por barrancos interminables. Mi sangre se fundió con él.Decidí bajarme o mi vida se terminaría rápidamente.Busqué un lugar tranquilo, descansado. Me confundí y me subí al azul. Me dio frío. Me puse muy triste.Al fin el verde me guiñó un ojo. Encontré mi lugar...allí había paz.


Vincent


Allí estás...amigo siempre presente. Mis pinceles pretenden seguir tus cálidos colores...no lo consiguen, pero sí contactan con tu sentimiento.
Te siento. Tu abrigo me abriga. Tu frío, se siente. Tu tristeza se comparte.
Nadie se da cuenta de tu verdadero mensaje. Te entiendo. Te cuido.
Esos creen sin sentido que con su dinero, que no te dieron, ahogarán tus palabras con sentido. No estabas loco. Simplemente estabas triste. Comparto tu tristeza, amigo mío...estoy siempre contigo.







Esperanza

Giovanni Papini

Se llamaba Esperanza, pero ya no esperaba nada. Oscura de piel, negra de cabellos, negrísima de ojos, hasta sus pensamientos, patéticamente nocturnos, fúnebres y sepulcrales, parecían nacer entre avenidas de cipreses en un ventoso crepúsculo de febrero. Alma de otros tiempos; alma perdida entre demasiados cuerpos enemigos; inadaptada al amor físico; fea y taciturna; llena de romanticismo y de malas lecturas, no había ninguna razón para que tuviera que vivir más de treinta o treinta y cinco años. Un amor infeliz -un amor demasiado breve, pero todavía no acabado para ella, y acaso inacabable- le había cubierto el rostro con la lívida máscara de las traicionadas sin culpa.
Sin embargo, de su lacrimosa tristeza y de su soledad sin vistas de cielo había conseguido sacar una profesión, algo que se parecía a la literatura. Sus desesperaciones literarias, sus infinitos insomnios, sus paseos a ciegas, sin finalidad y sin alegría, la habían acostumbrado a contar solamente cosas de su alma y a sacar de ella todo lo que podía contener. En aquel ensueño continuo que le empañaba los ojos y le lastimaba la vista, todo un mundo surgía con la rapidez luminosa de una aventura. Sueños sin cotinuación; hipótesis realizadas a medias; increíbles casos de conciencia; asociaciones irracionales de palabras, de ideas, de personas; esbozos y comienzos de vida sin lógica; símbolos graves descubiertos en muñecos de niños y bagatelas sin consecuencias y, de cuando en cuando, chorros irisados de elocuencia amorosa con alguna que otra llovizna de sofismas líricos, constituían su vida interior; su única riqueza, su único consuelo. Después del abandono definitivo, después que su propio nombre se volvió absolutamente falso y casi ridículo, ella intentó expresar con palabras escritas algún pedazo de su mundo. Lo consiguió y prosiguió. Un día, toda temblorosa, como si estuviera a punto de confesar al mundo su único amor, consiguió enviar a una gran revista un cuento suyo. El cuento gustó y fue publicado. Le pidieron otros y ella los escribió y los mandó.
Adquirió valor: pasó del cuento a la novela; encontró un editor; se creó un pequeño público; vivió sola, pensó, inventó; consiguió ganar para vivir; rechazó toda ayuda de la familia hostil y lejana.
2
Cuando la conocí tenía apenas treinta años. Vivía en una pensión, en una de aquellas calles anchas, señoriales y apartadas, donde incluso el polvo parece más limpio y el viento más educado.
Su vida era regularísima y laboriosa: escribía una novela al año y un cuento al mes, y para la novela tenía siempre a su viejo editor dispuesto, y para los cuentos, tres o cuatro revistas que seguían albergándola y pagándole poco. Sin embargo, lograba reunir aquellas dos mil o tres mil liras que le hacían falta para vivir y para abonarse a todas las salas de lectura de la ciudad. Leía con preferencia las novelas aparecidas entre 1830 y 1870, cuando el romanticismo estaba deshaciéndose y el realismo apenas apuntaba. Sospecho malignamente que en aquellos libros olvidados y patéticamente idiotas ella pescaba motivos y argumentos para los suyos.
Verdaderamente no debería decir de ella todo el mal que pienso, porque fue precisamente ella quien me quiso conocer; guardo todavía su primera carta, de la que algunas frases enfáticamente entusiásticas me hicieron y me hacen enrojecer. Las primeras veces que la vi no hablamos de literaturas y esto me sorprendió y encantó tanto que volví con más frecuencia de lo que hubiera querido. (No es que hubiera ningún peligro sentimental, pero, como hombre sano, creo que la proximidad de las mujeres es, al contrario de lo que se cree, un excitante para la pequeñez.)
Pero, aunque fui varias veces a verla, nunca pensé en invitarla a mi casa, y me asombré muchísimo el día que, mientras estaba en la ventana, vi pararse un coche a mi puerta y bajar de él a la señorita Esperanza, que venía a mi casa.
Una vez que la hube hecho pasar a mi despacho, empezó a hablarme de cosas corrientísimas: del concierto de Palestina que habría el día siguiente, de la necesidad de fomentar una moda más simple para las señoras no elegantes, e incluso de la insólita intranquilidad del gato blanco de la pensión. Sólo cuando se levantó para despedirse y marcharse me dijo en voz baja:
-Había venido para confiarle un pequeño secreto, pero acaso sea una estupidez. No vale la pena hablar de ello. Esperaré a otra vez, otro síntoma, y luego se lo diré todo, si me lo permite.
Le rogué, con mucha insistencia, que me contara en seguida lo que la había movido a buscarme y que ahora la hacía estar titubeante y casi vergonzosa. La pobre Esperanza me miró un momento a los ojos con sus melancólicas pupilas negras y se sentó de nuevo.
-Escuche -empezó, bajando los ojos y atormentando con ambas manos los cordones de su bolso-. Escuche: yo creo que es una simple casualidad, una coincidencia cualquiera; un acuerdo repetido nada misterioso. Pero confieso que me ha impresionado: tengo necesidad de confiarme a alguien, de pedir una explicación. Acaso se trata de una simple suposición y otro puede verlo de otra manera. Tal vez usted pueda decirme algo: usted es un espíritu profundo, usted ha buscado siempre los enigmas...
-Perdone -la interrumpí, con mi acostumbrada mala educación-, usted me hace con demasiada facilidad elogios que no me importan, y aún no me ha dado a entender, ni remotamente, lo que desea de mí.
La desgraciada muchacha me miró de nuevo con ojos asustados.
-Tiene razón -repuso-; perdóneme: soy mujer y literata. He aquí en pocas palabras lo que me sucede. Como usted sabe, yo sólo escribo y, en general, los argumentos de mis cuentos me vienen de manera espontánea, mientras leo, o paseo, o estoy en cama por la noche o por la mañana. Pero desde hace algún tiempo me he dado cuenta de que, de los muchos temas de cuentos que tengo dispuestos en mis papeles y en mi cabeza, sólo soy capaz de desarrollar algunos; y, lo que es más extraño, esos argumentos tienen algo en común, es más, tienen en común el hecho más importante, es decir, que todos se refieren a una mujer, y esta mujer, por más que haga para cambiarla y transfigurarla, se parece precisamente a mí.
-¡Por favor! -exclamé, con cierto desprecio-. ¿Qué encuentra de extraño en todo eso? A todos los escritores, incluso a los de talento shakespeariano o dramático, les sucede siempre lo mismo. La literatura es un espejo. Se hace actuar a los demás, pero sólo se conoce y se representa a uno mismo. Si acaso, lo extraño es que usted no lo haya advertido antes.
-Espere -dijo con energía la señorita Esperanza, un poco resentida-, espere a que se lo cuente todo. La historia no se acaba aquí. Usted me cree más tonta de lo que soy. El hecho verdaderamente extraño viene después. Cuando he escrito las historias de la mujer que se me parece, sucede que las mismas aventuras inventadas por mí, para mi imaginaria heroína, se repiten en la vida para mí, precisamente para mí en carne y hueso. Le daré un ejemplo: hace seis o siete meses escribí un cuento en el que narraba cómo una mujer joven, virgen, fea, honesta y solitaria, se encontraba, de repente, con que tenía que hacer de madre para salvar el honor de una amiga, y de qué manera se iba despertando poco a poco en ella el amor hacia este niño no suyo, y con tanta fuerza que le hacía creer que ella era verdaderamente su madre. Y he aquí que hace tres meses, antes de que el cuento fuera publicado, he recibido una carta de la única amiga que tengo en el mundo. Esta amiga está casada, pero separada; tiene un amante, ha tenido un hijo y, para no verse obligada a registrarlo, como sería necesario, con el nombre del marido, me conjuraba a recoger su hijo. No he sabido decir que no: la cosa quedará secreta, y por otra parte, ya que nunca podré tener una familia mía, no me importa mucho el honor burgués. El niño está con una nodriza, pero no he podido menos que pensar en él. He ido a verlo; me he conmovido. Esa pequeña vida que surge y se forma liberándose de la animalidad me atrae. He vuelto ya varias veces y creo que lo quiero, acaso, más que su madre. Este es el primer hecho, pero hay otro. Hace pocos días escribí un cuento donde la acostumbrada mujer que se me parece vuelve a ver, después de muchos años, al único hombre que amó, y lo ve feliz, con una mujer a su lado, y se aparta para no enturbiar con su presencia la nueva felicidad de aquel al que sigue amando. Pues bien, ayer mismo...
A este punto los sollozos le cortaron la palabra, se tapó la boca con el pañuelo y los contuvo a duras penas. Pero dos pequeñas y tímidas lágrimas cayeron de sus largas pestañas negras, que estaban ya húmedas antes.
-Hacía siete años que no lo veía -reanudó con voz improvisamente ronca-. Se había marchado fuera de Italia. Ayer lo he vuelto a ver: hay una mujer con él, rubia, guapa, alta, con los ojos malos. Yo no sabía nada y, sin embargo, hace pocos días lo había escrito todo, tal como ha sucedido. También en el cuento hay los ojos malos de ella y la sonrisa de él: la sonrisa que yo conocía tan bien...
Aquella singular imitación que la realidad hacía de la literatura me sorprendía más profundamente de lo que quería reconocer; sin embargo, compuse la fisonomía más sabia de este mundo e intenté demostrar a la señorita Esperanza que se trataba únicamente de coincidencias curiosas y nada más, y que no había motivo para conmoverse. La pobrecita me miró tristemente y sin confianza, dándose cuenta de que yo quería engañarla. Al cabo de unos momentos, cuando las lágrimas se calmaron, se secó la cara con cuidado, me saludó fríamente y se fue.
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Durante muchos meses no la vi y no tuve el valor de ir a buscarla, después de lo que me había dicho con los ojos aquel día al dejarme. Pero una mañana leí su nombre en el periódico bajo un titular extraño: Tentativa de rapto de una escritora. Era ella: mientras volvía, por la noche, de un paseo por el campo, los acostumbrados hombres enmascarados, que tienen el coche preparado a pocos pasos, habían intentado amordazarla. A sus gritos, un hombre que había acudido había exclamado: «¡No es ella!» Y la habían dejado.
Corrí a la pensión donde vivía para saber lo que había de cierto en aquella noticia. La encontré palidísima, tendida en un diván. No se asombró al verme y me tendió un fascículo de una revista salida aquel mismo día. Miré el sumario y vi que había un cuento suyo. Corté la página, leí... Se trataba de una mujer joven, melancólica, fea y abandonada, que había sido raptada, por equivocación, una noche, por unos hombres con antifaces negros.
Mientras avanzaba en la lectura, de cuando en cuando levantaba los ojos hacia ella con estupor; ella sonreía y callaba.
-Pero ¿es verdad? -le pregunté cuando hube terminado-. ¿Es verdad todo, incluso lo que cuentan los periódicos?
-Exactísimo -me contestó, intentando sonreír-. No hay ninguna vía de escape. A usted se lo conté todo. Pero entonces estábamos en el comienzo..., la cosa no era grave. Después... ¡Si supiera lo que ha sucedido después! La ley es tenaz, constante, rigurosa. A veces se trata de cosas de nada, pequeneces, pero otras... Es preciso que un día u otro le diga todo: también los demás deben saber...
"Cada vez que tomo la pluma, ella, es decir, yo, se adelanta y se apodera de mi espíritu. No puedo imaginar cosas de nadie más sino de ella. Lo he intentado. ¡Oh, sí, lo he intentado! ¡Cuántas redes he tendido a mi fantasía reluctante! ¡Cuántos viejos temas he sacado de mis papeles para imponérselos a mi inspiración! Era inútil, no conseguía ni escribir una frase. Pero en cuanto me dejaba dominar y guiar por ella -es decir, por mí, por mi doble literario y profético-, entonces todo se volvía fácil y llano, las aventuras se presentaban con abundancia, sin esfuerzo, la intriga se desarrollaba elegantemente hasta lo último, y el cuento salía de un tirón, lleno de vida. Pero cada uno de esos cuentos era una condena para mí. A veces se narraba que ella no podía dormir y cada noche la asaltaban horribles visiones, y a los pocos días también yo me agitaba en el insomnio, debatiéndome contra fantasmas y monstruos indescriptibles. Otra vez imaginaba que era amada por un muchacho joven, por un adolescente atraído por su fama y, en efecto, al cabo de pocas semanas recibí una carta de veinte páginas de un muchacho de quince años que me creía joven y bella y me ofrecía su amor para toda la vida. Y así, cada mes, una. Y siempre, cada vez, lo que predigo con la fantasía se realiza sin demora. El último caso es el que usted conoce y que le ha sugerido venir a verme. Y ahora, ¿qué me dice? ¿Me dirá todavía que se trata de coincidencias?"
Me di cuenta de que la infeliz Esperanza estaba muy excitada y tenía fiebre. Le aconsejé, con toda la malicia que encontré disponible, dejar de escribir durante un tiempo. Me lo prometió y, después de alguna cansada palabra de consuelo, la dejé.
Su caso me turbaba y hacía cuanto podía para no pensar en él. No era capaz de explicarlo: me atraía y me enojaba. Acabé por olvidarme casi completamente de la pobre Esperanza y de sus aventuras literarias. Pero una mañana de enero me llegó una carta suya. Me informaba que había seguido durante algún tiempo mi consejo, pero que, al cabo de tres meses, se había visto obligada a reanudar su trabajo por dos razones: ante todo, porque vivía de la literatura y no podía, ni quería, pedir nada a nadie, y además, porque la imagen de su fantástico doble no le daba paz ni sosiego y le sugería, día y noche, nuevas aventuras extraordinarias. Entonces se había entregado a la inspiración y, apenas había escrito, la realidad venía a imitarla como antes, como siempre. Ya no podía liberarse; todo lo que la otra le dictaba tenía primero que narrarlo y después suceder. El último cuento era el más terrible de todos: anunciaba la muerte. La infeliz añadía que no temía a la muerte, pero que quería advertirme para que, por lo menos, hubiera un testimonio de su triste clarividencia.
Apenas leí la carta fui a la pensión. Una criada que vino a abrirme con la cara descompuesta me dijo que la señorita Esperanza había muerto hacía pocas horas de un ataque al corazón. Encima de una mesa se encontró su último cuento, en el que una heroína melancólica y morena moría perseguida por una sombra que nadie veía más que ella.

Palabras y sangre, 1912